Con gran apetito se come George su porción diaria de hierba. Sus fuertes mandíbulas trituran con facilidad las hojas y los brotes tiernos. Con su voluminoso cuerpo, protege de las hembras con astucia los bocados de hierba más apetitosos.
En general, a George no le interesa mucho la compañía femenina. Con esta actitud, otras tortugas llevarían una vida solitaria. En el caso de George, ningún esfuerzo de los científicos es demasiado, con tal de encontrarle una pareja adecuada a la tortuga gigante. Pues George es el último ejemplar de su especie.
En 1971 un cazador de cabras asilvestradas topó con la tortuga huérfana en la isla Pinta. Seguramente se sorprendió bastante, pues desde 1960 se consideraba extinguida a la subespecie Abingdoni.
Al año siguiente transportaron a la tortuga gigante macho, a la estación científica Charles Darwin en la isla de Santa Cruz, donde alcanzó su triste fama como "Lonesome George", "George el Solitario".
George debió pasar algunas décadas sin la compañía de otros de su especie. Por eso no sorprende que en un principio se sintiera incómodo en compañía de otras tortugas gigantes.
Después del inesperado descubrimiento de un macho de la especie Abingdoni, los científicos esperaban encontrar una hembra con la que George pudiera reproducirse. Zoos de todo el mundo ofrecieron una recompensa de 10.000 US$ por el hallazgo de un ejemplar hembra.
Sin embargo, la búsqueda fracasó y Lonesome George continúa siendo el único de su especie.
Del total de 14 especies de tortugas que existían en las Galápagos, once han sobrevivido al descubrimiento del archipiélago. Algunas se han salvado solo por poco de la extinción.
Muy apreciadas entre los marineros como "provisiones vivientes" por su frugalidad, tenían que luchar además por su espacio vital contra competidores introducidos y otros enemigos.
La subespecie Geochelone Elephantopus Abingdoni, que solo se encontraba en la isla Pinta, parecía haber perdido la batalla. En el año 1906 se avistó el último ejemplar antes del descubrimiento de George.
De todas formas aún no se ha perdido la esperanza de encontrar una hembra adecuada en algún lugar del escarpado y rocoso terreno de la isla deshabitada.
Hasta el momento, George se encuentra en compañía de dos atractivas hembras de la isla vecina Isabela. Pero el coloso de 100 kilogramos no está especialmente interesado.
Al principio, los cuidadores sospechaban que la tortuga estaba demasiado débil como para sostenerse encima de la hembra. Por eso una estricta dieta de papaya y hierba debía ayudar a mejorar su la vida amorosa. Sin embargo, George continuó en su parcela siendo el patriarca sin ganas.
"De vez en cuando, George cabalga a una hembra, pero más por interés en la comida de ella que por sexo", explica el Sr. Fausto, director del programa de tortugas. "George tiene un gran apetito, y por eso utiliza cualquier recurso para birlar algo a los otros."
Sus compañeras, de la subespecie Becki, vienen de los alrededores del volcán Wolf de la isla Isabela y eran consideradas hasta hace muy poco los parientes más cercanos a George.
Según las últimas investigaciones, el código genético de la subespecie Hoodensis de la lejana isla Española se corresponde prácticamente con el de la Abingdoni. Por eso, parecen estar contados los años de espera interminable de las hembras de la isla Isabela. A lo mejor, una cita con las Hoodensis calentará la sangre de Lonesome George.
Por el momento, no existe ninguna razón para tener prisa, pues George se encuentra con sus 90 años en plena edad viril. Las tortugas gigantes pueden alcanzar una edad de entre 150 y 200 años. Quizás no sea el Sr. Fausto sino su bisnieto, quien ponga los primeros descendientes de George en la Pinta.
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